Veo como tiembla la montaña antes de convertirse en polvo


Por César Nuñez, para Núcleo Galeria, Santa Fé.

El horizonte se abre como un paisaje interrumpido. No hay certezas de dónde empieza, ni dónde termina: las montañas parecen restos de un derrumbe que aún sigue ocurriendo, los árboles se sostienen en un silencio de humo, las casas respiran como si aguardaran la llegada de un incendio. Todo allí es frágil, como si el mundo fuera apenas un bosquejo en proceso de desaparición.

Caminar por esas tierras es entrar en una temporalidad distinta: una espera dilatada, un tiempo que no avanza, pero tampoco se detiene. Nada permanece estable; todo late bajo la sospecha de un derrumbe. El hogar, lejos de ser refugio, se percibe como escenario en fuga, como una arquitectura transitoria a punto de quebrarse. Entre la calma y la devastación se abre una zona de incertidumbre donde cada forma, guarda en su interior, la posibilidad del colapso.

En este terreno incierto se inscriben las obras de Guillermo Mena. No buscan representar lo que vemos, sino trazar la vulnerabilidad de aquello que creemos estable. Sus superficies despliegan paisajes donde el movimiento y la quietud conviven en tensión, donde lo que se desmorona convive con lo que insiste en sostenerse. Sus figuras se expanden como atmósferas móviles: concentraciones de sombra y de luz que parecen condensarse y disolverse al mismo tiempo. Son imágenes que suspenden el tiempo: ni del todo memoria, ni del todo anticipación, como si pertenecieran a un momento imposible de ubicar.

La materia misma con la que trabaja condensa esta paradoja. La carbonilla, que alguna vez fue rama y fuego, se convierte en escritura silenciosa. Cada trazo carga con la violencia de una combustión, con la fragilidad de lo que queda tras el incendio. En blanco y negro, sus superficies concentran la intensidad de lo esencial: la oscuridad como huella, la luz como último refugio.

Estas piezas pueden leerse como fragmentos de un cuaderno geológico o de una bitácora encontrada en un planeta abandonado. Escenarios donde las catástrofes naturales se confunden con recuerdos y conjeturas, donde la nostalgia se enreda con lo aún posible. No importa si provienen del pasado o del futuro: lo que aparece es siempre un presente en ruina, un instante prolongado en el que todo parece a punto de extinguirse y, al mismo tiempo, de comenzar.

Tal vez allí radique la fuerza de su trabajo: en ofrecer un espacio que no se entrega como un resguardo, sino como enigma. Lo que arde no desaparece por completo: se transforma en otra posibilidad de presencia, y lo que queda, son paisajes que nos miran en silencio, imágenes que no pertenecen del todo a este mundo ni a otro, territorios abiertos que, más que responder, nos dejan suspendidos en la pregunta. 

Lo que parecía un derrumbe sin fin, se revela como otra manera de sostenerse, como si incluso en la ruina hubiera un pulso que insiste. 

Guillermo Mena, nos recuerda una y otra vez, que la fragilidad no es un final, sino la forma más honda de una posible permanencia.

César Núñez
Santa Fe, Argentina
2025